Comentario de la experta: Dra. Mariana Muñoz Esquerre. Pneumologia, Unitat Funcional d’Asma. Hospital Universitari de Bellvitge, IDIBELL. Universitat de Barcelona.
Palabras clave: asma, tecnología, equidad, personalización
El asma acompaña a la medicina desde la Antigüedad. Los antiguos egipcios ya describían cuadros sintomáticos compatibles con disnea episódica en el papiro de Ebers, mientras que la tradición griega, y en particular Homero en la Ilíada incorporó el término “asthma” para referirse al jadeo o respiración dificultosa y luego Hipócrates, señaló su relación con el ambiente, el ejercicio y determinadas exposiciones ocupacionales.1 Sin embargo, durante siglos el asma fue entendida sobre todo como un síndrome clínico de obstrucción intermitente, sin una base fisiopatológica bien definida. No fue hasta el desarrollo de la medicina moderna, especialmente a lo largo del siglo XX, cuando se consolidó el concepto actual de asma como una enfermedad heterogénea caracterizada por inflamación crónica de la vía aérea, síntomas respiratorios variables y limitación variable del flujo espiratorio.2
La evolución terapéutica del asma ilustra bien esta transición conceptual. A mediados del siglo XX, el desarrollo de los inhaladores presurizados y de los agonistas β-adrenérgicos selectivos ofreció una alternativa eficaz para aliviar el broncoespasmo y mejoró de forma sustancial el tratamiento sintomático. Posteriormente, la introducción del dipropionato de beclometasona inhalado a comienzos de los años 70 y la expansión progresiva del uso de corticoides inhalados en las décadas siguientes cambiaron el paradigma terapéutico: el asma pasó a abordarse como enfermedad inflamatoria crónica.3-4 Este cambio se asoció a una reducción muy importante de hospitalizaciones y mortalidad por asma en las décadas posteriores.5
En el asma grave, el tratamiento actual se dirige a inhibir vías inflamatorias concretas mediante terapias biológicas frente a dianas como IgE, IL-5/IL-5Rα, IL-4Rα y TSLP. 6-7 Este enfoque ha permitido mejorar de forma notable los resultados clínicos y avanzar hacia una medicina cada vez más personalizada. Sin embargo, sigue siendo necesario disponer de mejores biomarcadores que optimicen la selección terapéutica, anticipen la respuesta y reduzcan la exposición innecesaria a corticosteroides sistémicos.
Lo que ha cambiado menos de lo deseable es el terreno diagnóstico. A pesar del enorme desarrollo biológico y terapéutico, el diagnóstico de asma continúa descansando en la combinación de historia clínica y pruebas objetivas, sin que exista una prueba única considerada patrón oro. Las guías actuales siguen recurriendo a estrategias secuenciales o combinadas que incluyen espirometría, prueba broncodilatadora, FeNO, variabilidad del flujo espiratorio máximo y, en casos seleccionados, pruebas de provocación bronquial.2,8-9 La espirometría sigue siendo la prueba funcional más extendida, pero no es suficiente por sí sola: en atención primaria, la sensibilidad de la obstrucción espirométrica para asma ha sido del 29%, y en adultos naïve a corticoides la respuesta broncodilatadora clásica (≥12% y ≥200 mL) mostró una sensibilidad de solo el 36%. En la misma línea, las mediciones seriadas domiciliarias de variabilidad diurna mejoran el rendimiento diagnóstico, con sensibilidades del 61% para FEV₁ y del 76% para PEF. Es decir, una proporción considerable de pacientes asmáticos puede presentar una espirometría basal no diagnóstica. Además, se trata de una prueba dependiente del esfuerzo del paciente, de la pericia del profesional que la realiza, de la calibración del equipo y de una interpretación correcta, lo que convierte la formación continuada en un elemento estructural del rendimiento diagnóstico.10-12
Incluso cuando la espirometría está formalmente disponible, su accesibilidad y calidad no siempre están garantizadas. En España, una encuesta nacional mostró que el 19% de los centros evaluados no disponían de espirómetro o no lo estaban utilizando, que la formación periódica se realizaba en menos del 40% de los centros y que persistían deficiencias relevantes en interpretación, mantenimiento y calibración, lo que refleja un problema no solo tecnológico, sino también organizativo y competencial. 13-14 Además, su uso no es sistemático como estrategia preventiva, lo que limita el diagnóstico precoz y favorece el infradiagnóstico y el sobrediagnóstico. ²
En este escenario, las nuevas tecnologías abren oportunidades reales en el manejo del asma. La mejora de las técnicas de imagen, la cuantificación automatizada, los biomarcadores, la monitorización remota, los inhaladores conectados, los sistemas de apoyo a la decisión clínica y otras herramientas de inteligencia artificial pueden favorecer el diagnóstico precoz, una mejor fenotipificación, la detección anticipada de exacerbaciones y una atención más personalizada.15 Sin embargo, hablar de innovación sin hablar de equidad sería incompleto.
A escala global, el principal desafío del asma sigue siendo el acceso universal a tratamientos inhalados esenciales. La OMS estima que en 2019 el asma afectó a 262 millones de personas y causó 455.000 muertes, la mayor parte de ellas en países de ingresos bajos y medios, donde el acceso a corticoides inhalados sigue siendo limitado o inasequible.16-18 En revisiones recientes, los inhaladores con corticosteroides figuran entre los fármacos respiratorios esenciales con peor disponibilidad y asequibilidad en muchos países.18 Por ello, la medicina de precisión no puede plantearse como sustituto de la medicina básica, sino como una capa adicional de valor sobre un mínimo irrenunciable: diagnóstico correcto, educación, tratamiento antiinflamatorio accesible y seguimiento continuado.
A este reto de acceso se añade otro más reciente: la brecha digital. Las tecnologías de la información prometen transformar la atención respiratoria, pero su impacto no es uniforme en una población que combina generaciones analógicas, cohortes intermedias y nativos digitales. En España, el uso de internet en la población de 16 a 74 años es muy elevado, pero desciende con la edad; para el grupo de 65–74 años se situó en torno al 89,6% en 2025, y las estadísticas generales además dejan fuera a los mayores de 74 años, precisamente uno de los grupos con mayor carga de cronicidad.19 Estudios recientes sobre eHealth en España y Europa muestran que la edad, el nivel educativo, los ingresos, la nacionalidad y la alfabetización digital condicionan claramente el acceso y el uso de servicios digitales de salud.20-21 En otras palabras, una herramienta puede ser técnicamente excelente y, sin embargo, ampliar desigualdades si exige competencias, conectividad o hábitos de uso que una parte de los pacientes no posee. Esto es especialmente relevante en enfermedades respiratorias crónicas, donde la multimorbilidad, la fragilidad, la dependencia funcional o el bajo nivel de alfabetización en salud pueden comprometer la adopción efectiva de tecnologías de autocuidado o telemonitorización.22
En conclusión, la historia del asma muestra una evolución extraordinaria: de una entidad descrita hace milenios por sus manifestaciones clínicas a una enfermedad cuya biología hoy puede desagregarse en endotipos tratables. No obstante, el verdadero progreso no dependerá solo de incorporar más tecnología, sino de hacerlo con sentido clínico, validez diagnóstica, accesibilidad y justicia distributiva. En el asma, la innovación útil será aquella capaz de diagnosticar antes, tratar mejor y monitorizar de forma más estrecha, pero también la que se diseñe para todos: para el paciente digital y para el analógico, para el hospital terciario y para la atención primaria, para el entorno de alta complejidad y para los sistemas donde aún faltan terapias esenciales. La tecnología del futuro no debería obligarnos a elegir entre inclusión, equidad y personalización; el reto real es conseguir las tres a la vez.

Referencias
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